Las brechas de seguridad, y en general la llamada brecha digital, no son hechos aislados ni excepcionales. Ocurren todos los días y afectan a empresas de todos los tamaños. La diferencia es que solo conocemos los casos de grandes compañías, pero la realidad es que pymes y autónomos están incluso más expuestos.

La prevención es posible, pero no absoluta. Estamos hablando de ciberdelincuentes profesionales, por lo que el objetivo no es eliminar el riesgo, sino reducirlo. Aquí entran en juego dos factores clave: la tecnología y, sobre todo, las personas. La concienciación es fundamental. Muchas brechas comienzan con un simple correo o un SMS fraudulento —lo que conocemos como phishing o smishing— que suplanta la identidad de bancos, proveedores o incluso clientes. El problema es que estos mensajes cada vez son más creíbles, por lo que hay que adoptar una actitud crítica constante.

A nivel técnico, las empresas deben contar con medidas de seguridad adecuadas, como sistemas avanzados de detección (EDR) que permitan identificar comportamientos anómalos en los equipos. Pero incluso con buenas herramientas, el factor humano sigue siendo el eslabón más débil.

Cuando ocurre una brecha, la prioridad es contenerla: aislar los sistemas afectados para evitar que el ataque se propague o que el atacante mantenga acceso (lo que se conoce como persistencia). A partir de ahí, es imprescindible realizar un análisis forense que permita entender qué ha pasado, qué datos se han visto comprometidos y hasta dónde llega el incidente.

Desde el punto de vista legal, aquí entra en juego el Reglamento General de Protección de Datos, que obliga a las empresas a notificar determinadas brechas de seguridad a la Agencia Española de Protección de Datos en un plazo máximo de 72 horas desde que se tiene conocimiento del incidente. Además, si existe riesgo para los derechos de las personas, también es obligatorio informar a los afectados para que puedan tomar medidas, como cambiar contraseñas o vigilar sus cuentas.
Otro punto crítico es que los ataques no siempre terminan en el momento de la brecha. Muchas veces, la información robada se utiliza semanas o meses después para cometer fraudes, como la suplantación de identidad en pagos o el conocido fraude del CEO. En estos casos, el atacante aprovecha el conocimiento previo de la empresa para engañar con mayor facilidad.

Y hay un error muy común: pensar que “mi empresa es demasiado pequeña para ser objetivo”. Es justo al contrario. Las pequeñas empresas suelen tener menos inversión en ciberseguridad, lo que las convierte en un blanco más fácil.
En definitiva, la ciberseguridad no es solo una cuestión tecnológica, sino una combinación de prevención, formación y cumplimiento normativo. Porque cualquier organización que trate datos personales está expuesta y, además, tiene responsabilidades legales claras en caso de incidente.

 

No te pierdas la entrevista completa con Javier Nogueroles, que podrás escuchar cada semana en el programa TIC TAC DATOS de ONDA NARANJA COPE.

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